07/03/10
La misión comercial a Brasil encabezada a lo largo de esta semana por el presidente de la Generalitat, Francisco Camps, retrata una política de castillos en el aire, que ha primado lo espectacular, el corto plazo y la imagen en el desarrollo económico en lugar de crear unas bases sólidas para que la industria, base de la competitividad de un país, se modernizara y ayudara a la Comunitat a capear mejor esta crisis.
Jordi Cuenca
Valencia
Se dice, con razón, como estamos observando en los últimos años aquí, allá y acullá, que a los políticos de fuste hay que verlos actuar cuando pintan bastos. Con el viento de cola, cualquiera puede aspirar a que le vean como un Roosevelt o un Churchill de nuevo cuño, pero cuando sopla la tramontana la fuerza del viento desnuda al rey, si no es buen marino, y lo que queda a la vista no suele despertar el ánimo contemplativo. Tal podría decirse del presidente de la Generalitat, Francisco Camps, cuya travesía en este cargo ha discurrido tan plácidamente como si fuera el Oracle de la última edición de la Copa del América hasta que la galerna que se oteaba allá lejos en el horizonte y que parecía que no iba a cruzarse en su camino, dio un giro brusco y se abatió con toda su violencia sobre la nave del Molt Honorable. Desde entonces, más que navegar, bracea, aunque no se sabe si para adelante o para atrás. Eso sí, coherente consigo mismo, sigue la hoja de ruta de siempre, consistente en edulcorar -o falsear- la realidad, malgastar el dinero público en onerosas fruslerías y quejarse de lo malos que son los demás.
El viaje a Brasil que ha encabezado Camps esta semana es la expresión perfecta de un político, herido por el escándalo de supuesta corrupción del caso Gürtel, que parece no comprender tampoco que estamos en una crisis económica sin parangón y que su territorio, la Comunitat Valenciana, es uno de los más damnificados en esta tesitura, entre otros motivos por la política que él y sus antecesores del PP han puesto en práctica en los más de quince años que llevan en el poder. El informe publicado esta semana por The Financial Times retrata con bastante precisión la deriva de una economía, la valenciana, que vive un "tiempo de resaca" a causa del "colapso" de la burbuja inmobiliaria.
De lo anecdótico a lo general
La Comunitat ha superado en febrero el medio millón de parados, casi el 22% de la población activa. Da vértigo escribir la cifra. Los últimos datos revelan que el PIB valenciano decreció el año pasado un 3,95%. Y la deuda autonómica, capitaneada por la de la Generalitat, sí que ocupa posiciones de liderazgo en España. Estos resultados son la consecuencia de una larga década en la que la industria ha perdido peso en el Producto Interior Bruto -de un 25,5% en 2000 a sólo un 17,4% en 2009- y en la que se ha permitido que la construcción se convirtiera en el gran motor del crecimiento (del 8,7% al 12,3%). Se han levantado tantas viviendas -para turismo y para segundas residencias de europeos y españoles que vendrían porque nuestro sol es el que más calienta- que, cuando se consiga venderlas, muchas de ellas precisarán de una rehabilitación. Digámoslo de otra manera: hemos levantado los pisos que tocaba para diez años pero no hemos creado la riqueza suficiente para que trabajadores y empresarios del ramo se pasen esa década tumbados a la bartola.
Pero lo peor ha sido la sistemática desatención a la política industrial, que es el sector clave para la innovación y la competitividad de una economía. Un detalle al respecto lo encontramos en las exportaciones que, aún manteniéndose Ford, han perdido en los últimos años su posición en el ránking nacional, ya superadas también por Madrid. La participación valenciana ha caído del 14,4% de 1995 al 10,3% de 2009.
Faltan estímulos
Es evidente que las administraciones públicas no pueden sustituir el papel de los emprendedores, pero sí estimularlos y crear las condiciones para que florezcan. Aquí prácticamente no se ha hecho nada de eso. Produce asombro constatar la escasa inversión pública en I+D+i, un intangible que es el fundamento de la modernización económica y que la Generalitat debería haber mimado en lugar de ejercer de capataz de obras.
Tomemos también como ejemplo los institutos tecnológicos, ahora que el Consell gimotea porque han sido presupuestariamente ninguneados por el Gobierno central, a diferencia de los de Cataluña y País Vasco. Estos centros surgieron en los ochenta con el entonces Gobierno socialista. Fueron una iniciativa verdaderamente pionera en España. Y muy imitada. Se trataba de destinar fondos públicos para generar en esos centros tecnológicos innovaciones particulares o generales que permitieran mejorar un tejido industrial muy atomizado. Nada más llegar el PP al Consell introdujo el término rentabilidad en unos institutos nacidos para tenerla de otra manera, como una aportación social, no como si fueran empresas con necesidad de obtener beneficios.
No se trata de minusvalorar el papel que están ejerciendo ahora mismo esos centros, sino ejemplificar una forma de acción política. Una actuación que no ha tenido el menor miramiento en incurrir en asombrosos endeudamientos públicos para poner en pie infraestructuras totalmente inútiles, como el Ágora -afortunadamente, la crisis ha derrumbado los rascacielos de Calatrava a tiempo de que se convirtieran en edificios fantasma- o para atraer a Valencia los más variopintos eventos, en su mayoría con escasa rentabilidad más allá de relativas cuestiones de imagen: ¿cuántos de ustedes han viajado a Hungría atraídos por la carrera de Fórmula 1 en Hungaroring?
Ésa ha sido la política que se ha seguido en los últimos años: un brindis al sol, todo para el escaparate. Nada, prácticamente nada, dirigido a sustentar el tejido productivo, ése que, con un trabajo constante y paciente, nos habría acercado, ahora que llueve a cántaros, a las regiones alemanas más avanzadas, en lugar de alejarnos. Ahí sí que hubiéramos sido la envidia de todos. No era necesario, como Camps y su antecesor Eduardo Zaplana han dicho sin recato, irse tan lejos como a California o Florida.
Viento en contra
El pasado ya no se puede remediar, pero lo peor es que en el presente, en medio del huracán, nuestros capitanes sigan gobernando la nave como si tuvieran brisa en popa. Lamentablemente, así parece. Fíjense en el viaje de siete días a Brasil en una semana en la que Camps tenía sobre sí otra dolorosa comparecencia en las Corts con el caso Gürtel en la palestra. Este tipo de misiones comerciales destinadas a mejorar la presencia empresarial en otras zonas requieren de una minuciosa preparación. Se trata de, con el ariete que introducen los políticos, poner en contacto a empresarios de diferentes áreas geográficas y, en ocasiones, distintos sectores para que comercien o colaboren. Hay que hacer una labor de campo previa importante.
Lo que no es de recibo, como parece el caso, es que se organice con cierta precipitación y que la delegación la integren, exceptuando tres empresas -sólo tres-, los mismos que desde hace años se ven las caras día sí, día también aquí en Valencia, a saber, Camps, sus vicepresidentes Vicente Rambla y Gerardo Camps, el conseller de Infraestructuras Mario Flores y los presidentes o vicepresidentes -alguno fue a regañadientes- de las Cámaras, el puerto, Feria Valencia, las tres patronales provinciales, la autonómica Cierval...
Y todo ello para firmar varios convenios de una vacuidad presumible -¡qué socorridos son el puerto y la feria de Valencia para estos menesteres!-, mantener algunas reuniones protocolarias y una comida con un grupo de empresarios de Sao Paulo en la que Camps, el líder de la misión, intentó atraer la atención de sus interlocutores afirmando que la Comunitat Valenciana "es la parte más moderna y feliz de España". Para completar el panorama, Gerardo Camps, en otro momento de la visita, aseguró que la valenciana es un ejemplo de economía "equilibrada". Demasiado a menudo dan la impresión de que el Financial Times, desde luego, no lo leen, y que su única vía de información es Canal 9.
Jordi Cuenca
Valencia
Se dice, con razón, como estamos observando en los últimos años aquí, allá y acullá, que a los políticos de fuste hay que verlos actuar cuando pintan bastos. Con el viento de cola, cualquiera puede aspirar a que le vean como un Roosevelt o un Churchill de nuevo cuño, pero cuando sopla la tramontana la fuerza del viento desnuda al rey, si no es buen marino, y lo que queda a la vista no suele despertar el ánimo contemplativo. Tal podría decirse del presidente de la Generalitat, Francisco Camps, cuya travesía en este cargo ha discurrido tan plácidamente como si fuera el Oracle de la última edición de la Copa del América hasta que la galerna que se oteaba allá lejos en el horizonte y que parecía que no iba a cruzarse en su camino, dio un giro brusco y se abatió con toda su violencia sobre la nave del Molt Honorable. Desde entonces, más que navegar, bracea, aunque no se sabe si para adelante o para atrás. Eso sí, coherente consigo mismo, sigue la hoja de ruta de siempre, consistente en edulcorar -o falsear- la realidad, malgastar el dinero público en onerosas fruslerías y quejarse de lo malos que son los demás.
El viaje a Brasil que ha encabezado Camps esta semana es la expresión perfecta de un político, herido por el escándalo de supuesta corrupción del caso Gürtel, que parece no comprender tampoco que estamos en una crisis económica sin parangón y que su territorio, la Comunitat Valenciana, es uno de los más damnificados en esta tesitura, entre otros motivos por la política que él y sus antecesores del PP han puesto en práctica en los más de quince años que llevan en el poder. El informe publicado esta semana por The Financial Times retrata con bastante precisión la deriva de una economía, la valenciana, que vive un "tiempo de resaca" a causa del "colapso" de la burbuja inmobiliaria.
De lo anecdótico a lo general
La Comunitat ha superado en febrero el medio millón de parados, casi el 22% de la población activa. Da vértigo escribir la cifra. Los últimos datos revelan que el PIB valenciano decreció el año pasado un 3,95%. Y la deuda autonómica, capitaneada por la de la Generalitat, sí que ocupa posiciones de liderazgo en España. Estos resultados son la consecuencia de una larga década en la que la industria ha perdido peso en el Producto Interior Bruto -de un 25,5% en 2000 a sólo un 17,4% en 2009- y en la que se ha permitido que la construcción se convirtiera en el gran motor del crecimiento (del 8,7% al 12,3%). Se han levantado tantas viviendas -para turismo y para segundas residencias de europeos y españoles que vendrían porque nuestro sol es el que más calienta- que, cuando se consiga venderlas, muchas de ellas precisarán de una rehabilitación. Digámoslo de otra manera: hemos levantado los pisos que tocaba para diez años pero no hemos creado la riqueza suficiente para que trabajadores y empresarios del ramo se pasen esa década tumbados a la bartola.
Pero lo peor ha sido la sistemática desatención a la política industrial, que es el sector clave para la innovación y la competitividad de una economía. Un detalle al respecto lo encontramos en las exportaciones que, aún manteniéndose Ford, han perdido en los últimos años su posición en el ránking nacional, ya superadas también por Madrid. La participación valenciana ha caído del 14,4% de 1995 al 10,3% de 2009.
Faltan estímulos
Es evidente que las administraciones públicas no pueden sustituir el papel de los emprendedores, pero sí estimularlos y crear las condiciones para que florezcan. Aquí prácticamente no se ha hecho nada de eso. Produce asombro constatar la escasa inversión pública en I+D+i, un intangible que es el fundamento de la modernización económica y que la Generalitat debería haber mimado en lugar de ejercer de capataz de obras.
Tomemos también como ejemplo los institutos tecnológicos, ahora que el Consell gimotea porque han sido presupuestariamente ninguneados por el Gobierno central, a diferencia de los de Cataluña y País Vasco. Estos centros surgieron en los ochenta con el entonces Gobierno socialista. Fueron una iniciativa verdaderamente pionera en España. Y muy imitada. Se trataba de destinar fondos públicos para generar en esos centros tecnológicos innovaciones particulares o generales que permitieran mejorar un tejido industrial muy atomizado. Nada más llegar el PP al Consell introdujo el término rentabilidad en unos institutos nacidos para tenerla de otra manera, como una aportación social, no como si fueran empresas con necesidad de obtener beneficios.
No se trata de minusvalorar el papel que están ejerciendo ahora mismo esos centros, sino ejemplificar una forma de acción política. Una actuación que no ha tenido el menor miramiento en incurrir en asombrosos endeudamientos públicos para poner en pie infraestructuras totalmente inútiles, como el Ágora -afortunadamente, la crisis ha derrumbado los rascacielos de Calatrava a tiempo de que se convirtieran en edificios fantasma- o para atraer a Valencia los más variopintos eventos, en su mayoría con escasa rentabilidad más allá de relativas cuestiones de imagen: ¿cuántos de ustedes han viajado a Hungría atraídos por la carrera de Fórmula 1 en Hungaroring?
Ésa ha sido la política que se ha seguido en los últimos años: un brindis al sol, todo para el escaparate. Nada, prácticamente nada, dirigido a sustentar el tejido productivo, ése que, con un trabajo constante y paciente, nos habría acercado, ahora que llueve a cántaros, a las regiones alemanas más avanzadas, en lugar de alejarnos. Ahí sí que hubiéramos sido la envidia de todos. No era necesario, como Camps y su antecesor Eduardo Zaplana han dicho sin recato, irse tan lejos como a California o Florida.
Viento en contra
El pasado ya no se puede remediar, pero lo peor es que en el presente, en medio del huracán, nuestros capitanes sigan gobernando la nave como si tuvieran brisa en popa. Lamentablemente, así parece. Fíjense en el viaje de siete días a Brasil en una semana en la que Camps tenía sobre sí otra dolorosa comparecencia en las Corts con el caso Gürtel en la palestra. Este tipo de misiones comerciales destinadas a mejorar la presencia empresarial en otras zonas requieren de una minuciosa preparación. Se trata de, con el ariete que introducen los políticos, poner en contacto a empresarios de diferentes áreas geográficas y, en ocasiones, distintos sectores para que comercien o colaboren. Hay que hacer una labor de campo previa importante.
Lo que no es de recibo, como parece el caso, es que se organice con cierta precipitación y que la delegación la integren, exceptuando tres empresas -sólo tres-, los mismos que desde hace años se ven las caras día sí, día también aquí en Valencia, a saber, Camps, sus vicepresidentes Vicente Rambla y Gerardo Camps, el conseller de Infraestructuras Mario Flores y los presidentes o vicepresidentes -alguno fue a regañadientes- de las Cámaras, el puerto, Feria Valencia, las tres patronales provinciales, la autonómica Cierval...
Y todo ello para firmar varios convenios de una vacuidad presumible -¡qué socorridos son el puerto y la feria de Valencia para estos menesteres!-, mantener algunas reuniones protocolarias y una comida con un grupo de empresarios de Sao Paulo en la que Camps, el líder de la misión, intentó atraer la atención de sus interlocutores afirmando que la Comunitat Valenciana "es la parte más moderna y feliz de España". Para completar el panorama, Gerardo Camps, en otro momento de la visita, aseguró que la valenciana es un ejemplo de economía "equilibrada". Demasiado a menudo dan la impresión de que el Financial Times, desde luego, no lo leen, y que su única vía de información es Canal 9.







